En la cotidianidad no hay coherencia

2 de agosto

Escribo de a puchitos. Una carilla, quizás dos, con una letra galopante que se termina por comer todo el espacio. ¿Síndrome de la actualidad que no podemos pasarnos de los 140 caracteres? No, no creo. Escribir mucho, a pulmón, requiere coraje. Como si me pusiera a excavar, ahondando en terrenos baldíos; andá a saber adónde puedo terminar.

Y requiere práctica. Es un monstruito que tengo que ir alimentando, porque sino se vuelve a dormir. Mientras tanto, a mí me morfa de adentro; ¿cómo saco sino lo que tengo para decir? Lo mío es esto: yo, Cloé, escribo. 

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10 de agosto

“¿Cuánto tiempo más seré esta Cloé? ¿Me caerá bien? ¿Me sentiré identificada con ella?”

Escribí eso el otro día, ni bien abrí los ojos. Algunas mañanas me obligo a escribir cuando me despierto, con la intriga de ver qué sale de mí sin el filtro de la razón.

¿Cambiamos todo el tiempo? ¿Qué permanece intacto? ¿Cuánto nos descamamos? ¿Con qué ojos tengo que mirar a las Cloé que dejé en el camino?

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16 de agosto

Siempre me incomoda hablar por teléfono en el bondi. Todavía no descifro si todos escuchan o si les chupa un huevo. Seguro hay cosas más interesantes pero quién no pispeó que está escribiendo el otro por Whatsapp.

No sé cómo todavía nadie escribió (o quizás sí y yo no estoy enterada) un estudio sociológico de lo que pasa en el colectivo. Puede estar vacío pero el que sube siempre se va a sentar demasiado cerca, como si fuésemos imanes. O la cacería visual para detectar quién va a liberar antes un asiento. Como también esos momentos que transgreden o seducen con lo íntimo, cuando dos personas terminan demasiado cerca por la culpa de que el conductor es medio bestia manejando (o por azares del destino). Hasta me llama la atención la familiaridad silenciosa que se forma con los que comparten la parada, todos los días, durante los mismos minutos. “Qué raro que todavía no llegó; ¿le habrá pasado algo?”; un conocimiento tácito, anónimo.

Hoy, ahora, acurrucada entre dos personas, escribo este post.

A veces leo. Tengo un fanatismo peligroso y totalmente injustificado por los Juegos Olímpicos, entonces aprovechando la fiebre carioca, me compré el libro “Pasión Olímpica”, del periodista Gonzalo Bonadeo, que relata anécdotas de los distintos juegos.

Historias de doping (como la lanzadora de la Alemania soviética que empezó tomando testosterona a los catorce con total desconocimiento y terminó cambiándose de sexo), al relato de lo sucedido en Munich en 1972 (el asesinato de los deportistas israelíes, conocido como “Septiembre Negro”), a los dos deportistas negros que fueron castigados por manifestarse a favor del Black Power cuando ganaron su medalla (levantaron su puño que tenía un guante negro).

Es paradójico cómo en ese espacio que aboga tanto por la paz, pasan cosas aberrantes. Como la deportista de 800 metros que tuvo que padecer miles de discriminaciones y atravesar examinaciones avergonzantes porque tiene un aspecto más masculino. Su cuerpo produce naturalmente más testosterona, pero ella es así. ¿La competencia no tiene límites?

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18 de agosto

Necesito escribir. Lo sé, ya se los dije. Pero hoy no era el día.

Salí unos minutos antes del laburo para llegar bien al taller de escritura. Me bajé en Callao y caminé hacia el 1500 y pico. Era dos cuadras antes, así que volví. No existía la altura, entonces ahí vi que era sobre Arenales. Y me volvió a pasar lo mismo: aluciné una dirección. Finalmente llegué pero con la sospecha de que estaba tocando el timbre incorrecto. Lo confirmé cuando me atendió una vieja que puteaba porque no entendía a quién estaba llamando. Listo, me rindo. Hoy no es el día para arrancar.

Aunque ayer estaba quemada porque me tuve que quedar hasta las diez de la noche en el laburo, creo que no termina de justificar cuánto falla mi sentido de orientación.

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21 de agosto

Hace un año estaba yendo a este cumpleaños, a la misma casa y seguramente en el mismo horario que hoy. Tenía puesta esa remera de terciopelo negro, una pollera y unas medias can can también negras. Un collar plateado cortaba todo.

Hace un año, alrededor de la fecha de ese mismo cumpleaños, me sentía plegada hacia adentro, incomprendida. Creo que muchas veces hay algo de goce o de comodidad cuando esa sensación se extiende en el tiempo. Pero hace un año no podía verlo y ese estado era un refugio. ¿Para qué contarte lo que me pasa si no me vas a entender?

Hace un año con Andrea subimos al cuarto de la cumpleañera y sin escuchar lo que decía la otra, irrumpimos en llanto, como si tuviésemos dos, veintidós o cincuenta. Llanto caprichoso, inexplicable, liberador.

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22 de agosto

No puedo ni quiero dejar de escuchar este tema. Mientras trato de respirar con toda la fuerza de mi abdomen, me tiro en la alfombra de mi cuarto y pongo play una y otra vez.

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25 de agosto

Volví a esa dirección que hace una semana estuvo tan ofuscada en desaparecer ante mis ojos. Este taller de escritura no iba a convertirse en un oasis ni en la materialización del karma cuando castiga.

A mí suerte – o para apaciguar mi ego – la dirección que me habían dado era la incorrecta, aunque eso solo justifica el último de mis 4 desaciertos.

Leímos, rodeados de una barra para bailarinas y de pelotas gigantes y violetas para yoga. Leímos después del cansancio de bajar del subte un jueves que se estira caprichosamente. Leímos en voz alta, como hace mucho no hacía, sintiéndo de nuevo esas ganas injustificadas de que sea mi turno. Leímos poesía, y también la de contemporáneos: un mundo que desconozco completamente.

Formamos nuestros versos, donde antes existieron palabras en párrafos ajenos.

Las palabras nunca son fieles; siempre se las estamos robando a otro.


2 comentarios en “En la cotidianidad no hay coherencia

  • Contestar delfina lavalle 29/08/2016 at 4:38 pm

    Que lindas oraciones, frases, pensamientos….me encanta aguantee!

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