Cerca | París

Pensé que iba escribir sobre Argentina- Buenos Aires- caos- felicidad con pizcas de tristeza.  Pero está lejos, muy lejos.  Y tampoco quería que, sin darme cuenta, esto se convirtiera en un post político.  Sí, iba a escribir de la Feria del Libro que se llevará a cabo acá a partir del viernes y que, más allá de las controversias porque solo vienen escritores afines al Gobierno, también iba a decir que me emocionó pasar por una librería y ver que su vidriera estaba llena de banderitas argentinas.  Entré, no pude contenerme.  Y había más de lo que pensaba, porque en aquellos estantes no habían rastros de conflictos ideológicos.  Estaban Alejandra (Pizarnik) y  Julio (Cortázar), sentados uno al lado del otro. Abajo, los miraban Ricardo Piglia, Claudia Piñeiro y otros que murmuraban, andá a saber qué.

Pero no.  Hoy decidí que no quería escribir de eso.  PIM-PAM-PUM

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Cada vez me siento más de acá y más de intercambio.  Lo veo cuando estoy con amigos en el subte, yendo a un lugar.  O en los programas que hacemos.  Porque es verdad, aún hay tanto que no vi.  ¡Tantísimo! No fui a Louvre, ni al Rhodin.  No subí a la Torre.  No me subí a un bateau mouche (y tampoco pienso hacerlo jaja; haría un paréntesis dentro de otro pero sería demasiado, así que les explico acá: son los barquitos que navegan por el Sena que flotan gracias al flash de tantas cámaras de fotos).  En definitiva, no hice la mayoría de las cosas que te obligan a hacer las guías turísticas con signos de exclamación.  Igual, mentira, porque sí tomé mucho vino y comí queso y crepes (consecuencias de ser una gordita de alma). Pero vi mucho más.  Llegué a calles que automáticamente me llevaban a otras ciudades increíbles (sí, entre ellas, mi Buenos Aires, o también Berlín).

Porque de repente, en París, se adelantó el sol.  Se instaló dos semanas, y así, se fueron el frío y la lluvia, como también la estaticidad.  Fui de plaza en plaza; ya no tengo esa ansiedad loca de querer ver todo en instantes.  En los Jardines de Luxemburgo, me senté con Hemingway.  Era tan loco, porque mientras leía los primeros capítulos del libro que me regalo mi queridísima prima (hola Maiu), veía como él había pasado tantas veces por donde me encontraba yo en ese mismo momento.  Desde allí, él se iba a la casa de Gertrude Stein, quien vivía a unos ilusos metros de los jardines.  Yo leía y miraba París con sus ojos.  Porque si bien acabo de empezar a leerlo,  ya ubicaba tantas cosas, como esa calle repleta de galerías de arte (Rue de Seine), la librería donde él tomaba libros prestados (Shakespeare Company), y finalmente aquella plaza (o jardín, o como quieras) que hace que uno respire en plena ciudad.  Ahí lo leía yo, porque es ahí donde me desconecto de todo, a pesar de la muchedumbre y de la prolijidad.

Fe de erratas: hay una parte de los jardínes donde sí se puede tirar al pasto (gracias-gracias-gracias).

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Otro día fuimos a un parque, y este sí le rinde honor a su nombre.  Gente casi en bolas disfrutando del sol.  Grupos de personas que emanaban humo.  Papas fritas, Coca-Cola y dátiles. Sí, así de bizarro.  Sí, así de copado.   Nada de arbustos cuadrados ni de flores perfectamente alineadas.  Parecía un laberinto de montañas de pasto.  Una de las cosas que más me gustan de este clima, en esta época del año, es que brilla el sol pero los árboles parecen rastrillos.  Y el atardecer es como el de un día de verano.  Pero lo más lindo (voy a caer en el cliché más nefasto- les advierto), es que estás ahí, con amigos.  Hablando de cualquier cosa.  Escuchando, y a veces ni siquiera, porque no hay nada como apagar el cerebro al menos por unos segundos, para mirar.  Amigos que conociste hace tan poco pero de repente ves todos los días.  Amigos que están viviendo lo mismo, y solo ellos entienden.

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Lo raro de esto es que, si bien cada vez todo es más y más natural, cuando uno menos lo espera, París te sacude y te recuerda que no, no lo es.  Esto sí es un sueño, y como todo, tiene un fin.  Pero lo importante, es que lo vivo AHORA.

En el intento de seguir encontrando lugares recónditos, compramos entradas para un concierto.  Era algo así como un Konex parisino (quiero creer). No teníamos ni idea de a quién estábamos yendo a escuchar. Pero el lugar parecía copado y nos divertía lo incierto de todo.  (Cuando hablo de nosotros, hablo de Josie y Ro, mis amigas que viven conmigo).

Llegamos tarde, como de costumbre. Estábamos ahí nomas de donde descansan- y no sé por dónde empezar- María Callas, Oscar Wilde, Edith Piaf, Jim Morrison.  Comte, Pizarro, Bizet y tantos otros anónimos o no tan célebres.  Con celular en mano para ubicarnos entre las calles desconocidas, llegamos a la Maroquinerie.  Estábamos lejos de la París que aparece en postales, y quizás, por eso los bordes de las calles se esfumaban y parecían porteñas.  Hola William Fitzsimmons, ¿qué tal? Solo ubicábamos tu barba eterna. Simpático, carismático con la gente; incluso tocó los últimos temas abajo del escenario, con el público.  Una voz dulce, dulce, que entonaba las experiencias deprimentes que padeció.  Nos gustó tu voz, tu música tan relajante.  Ideal para cerrar los ojos y quedarse dormida (juro que no es un palo). Y salimos y al lado había otro lugar parecido, que era un poco de todo: bar, restaurant, galpón, centro cultural, jardín.  Tocan desde jazz hasta cumbia disidente (allá voy).

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Intercambio que se diluye y deja de ser viajar-viajar-viajar para vivir-vivir-vivir acá.  Ya no me siento turista pero tampoco soy local.  Argentina que habita en París.  París que habita en mí. Qué ilusa yo.

5 comentarios en “Cerca | París

  • Contestar Tri 17/03/2014 at 10:52 am

    Me encanto! Siempre los veo con tu voz
    ♡♡♡

  • Contestar Nombremai 18/03/2014 at 4:55 am

    Comentariolinda!!! Te quiero tanto!

  • Contestar Michi 19/03/2014 at 9:57 pm

    Quiero volver!! Paris <3

  • Contestar Sharon Borgstrom 19/03/2014 at 11:30 pm

    Tan cerca… de quien? NOT ME

  • Contestar Nombre loreta 21/03/2014 at 3:04 am

    Comentario
    gracias Cloe. me voy a dormir, envuelta en la frazada de Paris

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