Cuando hay calma, no hay olas en mar

Es viernes, escucho “Horas” y no puedo evitar pensar que las palabras pueden cambiarlo todo. De ellas depende en gran parte cómo miro mi mundo.

reposar

Definición de Mercedes Korin, impulsora de Modo Delta.

Me choqué con esta definición y la comparé con otra que tantas veces me taladra: “estancamiento“. Como una telaraña mental, se asoman compulsivamente palabras como “parálisis”, “obstrucción”,”estaticidad”. La agonizante sensación de que no avanzamos. 

Entonces me es inevitable poner una al lado de la otra – reposo versus estancamiento – y pensar si se distinguen verdaderamente o si la primera es tan solo un engaño marketinero para hacernos creer que la pasividad no está del todo mal.

Trato de no ser tan cínica y pienso en la importancia de las palabras. ¿No está en nosotros decidir cómo vamos a definir cada momento, las etapas de nuestras vidas?

Estamos acostumbrados al frenesí, a la vorágine, y más obsesionados aún a que siempre nos esté pasando “algo” – siempre y cuando sea digno de contárselo al otro, claro está. Muchas veces soy testigo o incluso caigo víctima de esa verborragia que quiere tapar algo. ¿Qué pasa si soy un embole y no tengo nada para contar? Es más, ¿por qué tengo que percibirlo como algo malo?

Lógicamente, siempre hay historias o reflexiones que nos guardamos, pero acá estoy hablando de esa costumbre de que  siempre tenemos que estar descorchando y alimentando una algarabía de todo lo espectacular que pasa en nuestras vidas. Preferimos surfear y que nos vean todos, aunque la realidad es que muchas veces a penas podemos mantenernos a flote con un mísero salvavidas. Entonces me pregunto, ¿dónde quedó la calma, la paciencia? La información nos pica por todos lados y ya es casi imposible viajar en bondi y quedarse colgado mirando a la ventana; ¿alguno mira al cielo?

Prefiero pensar que estoy reposando, viviendo cada momento, en lugar de estar estancada. Ambas palabras funcionan como lentes diferentes por los cuales podemos encarar lo que viene. Y tantas veces estamos tan cegados o somos tan pesimistas que no podemos apreciar la simpleza de lo que nos sucede. Con todo esto no estoy abogando la mentira – las cosas como son – pero sí insisto en que tenemos la posibilidad de relajarnos y confiar, porque no siempre estamos en la cima.

Las imágenes mentales que tengo de cada una son abismalmente diferentes: mientras con una me veo fluyendo en un río, panza arriba, con gotas de agua posadas en mis pestañas, nublando mi vista lo suficiente como para que pueda descansar, en la otra me veo con un dolor metalúrgico en la espalda por intentar vanamente mover una pared de cemento. Me veo sentada, rendida, ahogada, más agotada mental que físicamente.

Me quedo con la opción más liviana.

Me quedo con la opción más liviana.

Vos, ¿con qué palabra te quedás? 

Ahora bien, como dice Mercedes Korin, nuestra vida está compuesta de ciclos, que muchas veces terminan o comienzan más allá de nuestro control, cada uno con una cadencia propia. Hay veces que estamos atascados, en un estado de mediocridad, y necesitamos movernos más, buscar nuevas fronteras. Otras, estamos tan a mil que perdemos la noción del tiempo porque no tenemos ni un instante para parpadear. Y, también… podemos estar en reposo.

Será que les hablo de esta última etapa porque hoy me siento así.

Paciencia, entonces.

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