Estudio sobre la tristeza

Estuve mirando de cerca al dolor y a la tristeza durante este último año, uno que fue muy difícil para mí. Acá están algunas de las cosas que aprendí o con las que me encontré, textos que fui escribiendo a lo largo de estos meses, porque para entender las cosas las tengo que escribir primero. Fue una de mis obsesiones y por eso la analicé con ojo crítico: ¿qué hace la gente con su dolor? ¿La entierra, la convierte? ¿Qué alquimia practica con ella? ¿Qué formas toma? ¿Cómo se lidia con esta emoción? ¿Cómo actúa en mí?

Soy creyente de la fe que predica que la alegría se entrena, que la comunicación todo lo cura, incluso cuando es difícil, y que nuestra experiencia humana es un un total, con lo bueno y lo malo. Por eso publico esto. Porque creo importante echar luz sobre lo que nos acostumbramos a esconder: el dolor. 

Gracias a Sol Villanueva por su ilustración.

Gracias a Sol Villanueva por su ilustración.

Noviembre 2015

Tengo mis tristezas, como todo el mundo. Las llevo conmigo a donde sea que vaya. A veces cuelgan sobre mi pecho como un collar, visibles para que todos las vean, y otras veces se esconden más, como cuando las llevo en el bolsillo. Pero siempre están. Las tuyas y las mías. Sacamos a pasear nuestros dolores incluso sin quererlo, incluso cuando quisiéramos dejarlas en casa (sobre todo cuando quisiéramos dejarlas en casa).

Durante un tiempo creí que sentir este dolor agudo me convertía en alguien especial. No duró mucho. Cuando pude salir de mí misma y torcer la mirada un centímetro para arriba y ver lo que me circundaba, me choqué con la realidad más obvia que hasta ese momento se me había escapado por estar tan enfrascada en mí misma, en el egoísmo del dolor propio: no hay persona en este planeta que no esté atravesada por alguna muerte, de algún ser querido o un ciclo o una relación. No hay persona en este planeta que no esté rajada por alguna tristeza.

Darme cuenta de que otras personas también sufren me sorprendió, algo que en realidad es un requisito básico para ser un ser humano. Pero darme cuenta de que otras personas también cargan con sus dolores, visibles y no tanto, me acercó al superpoder que tiene el dolor. El de conectar con el otro – algún amigo, papá o un desconocido – desde un lugar de desesperanza, dejándonos inundar por el alivio que nos da entender en el cuerpo que ninguno de nosotros es inmune a él. Reconocer el dolor es el paso previo y necesario para reconocerlo en los demás. De otra forma no podría reconocer sus sutiles huellas, sus gestos cuando está presente, las pistas de su presencia en las personas que quiero y que me rodean, las migas de pan que me ofrecen la oportunidad de ser valiente y decir: “Che, ¿estás bien?” si me animo.

Agradezco a mis tristezas por entrenarme en esa sensibilidad y por enseñarme a afinarla.

Mayo 2015

Llevo una tristeza a cuestas que no es otra que la vida misma. Pero así como hay momentos en donde estoy tranquila comiendo ñoquis y de repente se me empapan los cachetes, también hay otros en los que me duermo bajo el abrigo del sol y me despierto por el graznido de una paloma, parada sobre la antena de un edificio, que toma vuelo cuando la veo. (No estoy sola. El mundo entero me acompaña.)

Y la vida es tan linda porque es un vaivén de todas estas cosas que además son simultáneas: un guiso hecho de luz, desamores, decepciones y esperanzas.

Escribo de las tristezas porque son los momentos en los que es más fácil reunir el papel con la lapicera; de los otros momentos nada escribo porque estoy demasiado ocupada encontrando un rincón en la felicidad que tengo encima como para sentarme a hacerlo. Porque a la felicidad también la cargo conmigo, también la llevo a cuestas. Y tantas más veces que a los momentos tristes…

Pero la vida es así. Un guiso, una magma, una constelación… entonces hago lo único que puedo hacer. Cuando se me empañan los ojos, cuando me sorprende de improviso el peso del estómago, cuando la angustia pasa a saludar, solo freno, alejo los ñoquis a un lado hasta que se me pase, dejando que la corriente de tristeza fluya por mi cuerpo.

Porque esto también es vida y no queda otra que atravesarla.

Todo pasa.

Gracias a Sol Villanueva por su ilustración.

Gracias a Sol Villanueva por su ilustración.

Enero 2014

‘So write, Elissa Bassist. Not like a girl. Not like a boy. Write like a motherfucker.’

Dear Sugar

Cada vez estoy más convencida de que debo escribir. Estoy cansada de tener miedo todo el tiempo, de preguntarme una y otra vez si no me estaré mintiendo al pensar que lo mío es la escritura. Creo que esa no es la pregunta correcta. La pregunta correcta es: ¿hay algo en este mundo que sea mío, si la escritura no lo es? ¿Lo ha sido algo, hasta este momento?

Quiera admitirlo o no, la escritura ha sido trasversal a mi vida . Atravesó cada uno de los campos que hacen de mí Sharon. Todos. No hay recuerdo de mi historia que no esté ligado a ella, de alguna forma u otra.

Arrastro este dilema desde que tengo recuerdos. El de: “¿Tengo algo para decir? ¿Tengo el lugar para decirlo? ¿Y si me equivoco? ¿Y si escribo mal?”. Eso, querida de mí, significa algo. Pienso en estos últimos años y puedo clasificarlos en las cosas que escribí y en las que no. Pienso que si no estoy escribiendo es porque todo esto no es para mí… pero ¿por qué entonces siento esta ausencia de palabras trazadas una rebelión? Percibo a la ausencia de acción como un resistencia.

Y me desespero. Me desespero porque lo que siento adentro es el equivalente a tener agua hirviendo en una olla tapada. Las palabras están gestándose, las ideas se están formando, la necesidad de expresión esta latente siempre. El agua está, el agua hierve, el agua quiere salir aunque no se la vea. Pero es solo cuestión de tiempo, porque aunque esté tapada, el agua está.

Y estallará, seguro.

Solo es cuestión de tiempo.

Ya no pasa por si escribo bien o si escribo mal o si tengo algo para decir. Claramente tengo algo para decir. Sino, no estaría luchando con este terremoto interno que tengo dentro desde hace años y que sigue insistiendo en salir. Sino no estaría al borde del llanto al tipear esto. Sino no tendría la sensación de estar frente a un enorme mural que me desafía y que me da miedo atravesar. Escribir.

¿Todos los escritores de corazón sentirán esto mismo? ¿Este temor? ¿Del esfuerzo que significa, de las cosas con las que se puedan encontrar?

Porque tengo miedo. Madre mía, tengo miedo. Porque más allá de si escribo bien o mal o de forma nefasta, necesito escribir. Está en mi ADN. Necesito procesar el mundo a través de las palabras. Necesito ordenar este remolino que es la vida y descifrar su sentido. No tengo otra forma de hacerlo, es así de simple. Si no lo escribo, no lo proceso; si no lo proceso, no le entiendo el sentido; y si no lo entiendo, no lo vivo. Y muero vacía.

Escribir – este ritual, este proceso de transmutación de lo intangible a lo tangible- me ancla a las cosas que me son importantes. Es una de las pocas cosas en esta vida que me produce eso.

No me importa si me leen, si soy excelente, si soy chota. O mejor dicho sí me importa: tengo ego, uno enorme, de hecho. Sin embargo, me doy cuenta de que de la misma forma en que necesito darle sentido al mundo, debo dejar que mi ego se vaya para poder dárselo. Me importa más hacerlo por mi propio bien, porque si no la olla con agua hiriviendo que tengo dentro va a explotar. Prefiero que el enchastre sea el menor posible y que nadie se queme. Prefiero, en cambio, que el agua que hierve dentro de mí tenga utilidad, que tenga un cauce sano, que desemboque en un reducto fértil donde otros puedan venir a descansar.

Para eso, Sharon – y sí, te estoy hablando a vos, querida, no mires para otro lado, sé el miedo que te da enfrentar esto y sé también que ese miedo en vos se disfraza como pereza – tenés que escribir. Y escribir y escribir y cuando sientas que no puedas más, incluso ahí seguir escribiendo.

Porque lo que se viene no es una tarea fácil. Es ardua. Es sentarse frente a tu cabeza, a tu corazón, a tu estómago y mirar con los ojos abiertos y con un nudo en la garganta cosas que no quisiste ver hasta ahora. Verlas y atravesarlas. Tu dolor es universal, si así lo querés. Escribí así no estás sola, así podés salir de ese altar que te contruiste para vos en solitud, así podés acercarte al suelo fresco, rebalsado de vitalidad y dejarte abrazar por la humanidad. Por la humildad. Reconocer que tu dolor es de otros. Que el dolor es humano. Que no sos la única dueña de él.

Y así como tu dolor es universal, tu felicidad es única y un regalo del que el mundo está a la espera. No lo reñiegues ni seas tacaña y compartíselo. Ya es tiempo.

Una de las dos amigas que escriben en este blog. Tengo 24 años, soy argentina y estoy viviendo en Siena, Italia. Soy una hacedora compulsiva: escribo, dibujo, hago diseño web y saco fotos. Me gusta reír y hacer reír, leer, caminar y tomar muchos cafés. Persigo siempre la magia.

www.sharonborg.com

Un comentario en “Estudio sobre la tristeza

  • Contestar Luz 03/12/2015 at 3:45 pm

    Si queres escribir lee.

    No escribis mal, sos inocente nomás y estás un toque obsesionada con la idea de que ‘te estás mintiendo a vos misma’.

    No, sos joven, nadie nace con habilidad para nada .

    Lo que necesitas es leer.
    Leer, leer y leer.

    Y no leas a cualquiera, menos a los que viven hoy, y mucho menos a los que venden muchos libros. Si querés hacer esto enserio entonces agarra wikipedia y busca a los que son parte de la historia.

    Estos son los que ‘hicieron algo nuevo en la literatura’, desarrollaron un estilo, abordaron un tema de forma nueva, etc, etc.

    Si no los lees nunca vas a dejar de sentirte como te sentis ahora, te falta experiencia y lo estás notando pero no sabes como pelearle porque seguir escribiendo parece que no cambia nada.

    Eso es porque te falta perspectiva dentro de la literatura, darte cuenta de donde estás parada y que hay alrededor.

    Lee. Deja de obligarte a escribir y lee, elevate hasta su nivel

    https://es.wikipedia.org/wiki/Literatura_del_siglo_XX
    empeza por estos

    Suerte!

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