Las estaciones de una nueva vida en Siena

Invierno.

El azar es el que nos trae a Siena. Un examen de medicina que rinde el Tano establece que su especialización la hace en el hospital senés, y así, sin que ninguno de los la conozca mucho, nos mudamos.

Llegamos en noviembre y mi primer invierno en este continente viejo se acerca.

Consigo un trabajo el día que llego, uno “serio” al fin, uno “relacionado a mi carrera”. Tardo cuatro semanas en darme cuenta de que este trabajo “profesional” me drena de la poca energía que me queda. La desilusión es grande.

La situación es perfecta para hibernar, para replegarse. El sol desaparece más temprano y le deja lugar a la noche. Yo dejo de escribir en Postales a Casa y escribo para mí. Hay algo que no me alcanza y no sé qué es pero voy en busca.

No conozco a nadie. Encuentro sosiego en los detalles de cada día, en la alegría obstinada de lo más obvio. La viejita elegante que me recuerda a mi abuela. Las sábanas blancas que se mecen al viento, como si las estuviera sacando a bailar. El agua que moja mis manos al lavar los platos mientras el Tano me cuenta de su día. Mi felicidad minúscula.

Empiezo un nuevo proyecto al que le dedico todas mis energías: un logbook, el registro de mis días. Me compro un cuaderno de tapa marrón y lo completo cada noche con 7 cosas que vi, 7 cosas que hice, algo que escuché y un dibujito. Guardo mis días, mi felicidad minúscula, en esas hojas.

¿Pueden creer que este diseño es del envoltorio de un paquete de fideos?

Primavera/otoño.

Odio mi trabajo. Me voy a dormir la noche anterior con angustia porque no quiero ir. Me doy cuenta de que aunque sea un trabajo que puedo “poner en mi curriculum” no significa que sea bueno. Decido que quiero renunciar pero necesito alternativas, entonces busco como puedo oportunidades freelance por donde sea. Consigo un trabajo grande: traducir un libro entero del inglés al español. Renuncio. Mi jefe no se digna a regalarme ninguna palabra en mi último día de trabajo pero lo que confirma por última vez que mi decisión fue la correcta es enterarme que un micrófono prendido en una cartera graba las conversaciones de oficina.

Mi pecho pesa menos ahora que me alejo de personas cuyo deporte es agredir a otros, pero estoy en la soledad de mi casa en una ciudad que es todavía nueva para mí. Es difícil conocer personas si trabajo sola pero intento igual: me anoto en clases de teatro, pruebo un taller vocal y voy los jueves a la noche a aperitivos multilingüísticos.

Pero llega el momento en el que me canso. Me canso de hacer un esfuerzo en conocer, de hablar de lo que no me interesa para mendigar amistades. Y así me cierro, y como me cierro, sigo sin tener amigos, y por no tener amigos, me cierro aún más. Hacerme amigos se convierte en mi debilidad: puedo hacer todo menos saltar esa pared que se hace cada vez más grande. Yo, que puedo hablar hasta con flores.

Cuando se abre la primera flor de la primavera, saco un pasaje a Buenos Aires. Voy a volver a casa después de más de un año y cuando tengo la información del vuelo en mi bandeja de entrada siento la necesidad que tengo de volver. De dormir en mi cama de siempre, de estar con amigos sin ningún esfuerzo, de decir exactamente lo que quiero decir y que el otro lo entienda.

Paso 21 días en la casa de mis papás, investigando en los armarios qué fue lo que dejé. Recargo energías. Tomo cafés con Loreta, mates con mis tíos y vino con las chicas.

Es otoño en Buenos Aires, pero acá no cuesta, acá solo hace frío. El Tano viene de visita. Descubro que lo que había idealizado de Argentina no era muy real, y le digo:

—Quiero juntarme con todos los que conocí en Italia e ir uno por uno a decirles: todo lo que te dije de Argentina no es real. Todo lo que te dije de Argentina no es real. Todo lo que te dije de Argentina no es real.

Y con la misma suavidad con la que se derrumbaban los altares que le había armado a la Argentina de mi mente, también se disolvieron los prejuicios a los que había atado a Italia. Lo que había odiado tanto de ella —gente cerrada, mente atada al pasado, horizontes pequeños— tampoco era real.

Los 21 días llegan a su fin y hay un paisaje de vuelta.

Mientras el avión vuela sobre un cielo de algodones blancos y me trae de vuelta a Italia y a su primavera, descubro adentro mío un entusiasmo por empezar de nuevo, mejor.

Hojas que me guardé del otoño en Buenos Aires.

Sigo con mi logbook. Una frase de mi tío entre mates.

Verano.

Agosto está por terminar. El verano llegó y se está yendo. Consigo un trabajo en una tienda que no “avanza mi carrera” (¿avanzar hacia dónde? ¿Una carrera de qué?) pero que me hace tan bien.  Aprendo a vender —algo que me costó siempre—, a escupir palabras en francés y la disciplina de estar sin celular y concentrada en lo que tengo que hacer ocho horas por día. El trabajo me da una estructura que necesitaba, me regaló compañeros que me hacen reír y son generosos y que, quién sabe, se pueden convertir en amigos, y tan poco tiempo libre que no me queda otra que dedicárselo con disciplina férrea a una de las cosas más importantes de mi vida: mi hacer.

¿A donde llevará el mañana?

Antes necesitaba convencerme de que el futuro traería cosas buenas. Ahora siento un núcleo adentro que está tranquilo, cuya serenidad me asegura que es por acá, que por más de que no tenga claro el destino final, estoy donde debería estar. ¿Alguna vez sintieron esa certeza? Como si mis planetas interiores estuvieran alineados. Es una seguridad gentil, que pulsa, muy suavemente, pero sin parar. Es nueva para mí y se siente tan bien. No quiero estar en ningún otro lado.

¿Será esto ser grande? ¿El ser honesto con uno mismo?

Estoy por cumplir 25. Googlé artículos acerca de la crisis del cuarto de siglo pero era todavía invierno, y ahora —en este verano de Italia y de mi vida— no encuentro la necesidad. Me acuerdo, sin embargo, de un artículo de Gala Darling que planteaba una idea que me pareció interesante: que las raíces de esta crisis son dos. La falta de relaciones significativas y la falta de un trabajo (o un hacer) que tenga sentido para uno mismo.

Hay días confusos pero confío en mi intuición, la brújula a la que le aposté todo el día en el que me subí al avión esa primera vez. Sé que una cosa llevará a la otra y a la otra y a la otra y que por eso lo importante no es saber cuál es la línea de llegada, si no estar siempre en movimiento. Esos días de niebla son cada vez menos y tomo eso como buen signo.

Estoy por cumplir 25. Mis jefes son más chicos que yo, y a pesar de la angustia lúdica que sentí cuando me enteré, estoy contenta. Lo decidí hace tiempo y sigo fiel a mi objetivo: me tomo esta década para descubrir y explorar, con la esperanza de armar la base sólida en la que fermentarán estas experiencias y sobre la cual crecerá el resto de mi vida. Una base que construiré yo, con amor, con asombro y con humildad.

Agradezco que la vida me obliga a ser paciente, a renunciar a respuestas inmediatas por otras a largo plazo que recién se están desenrrollando. La palabra confiar viene del latin cum fides, es decir, con fe. En tener cierta esperanza.

Y mi esperanza es tanta.

2009.

Ana Inés me dice:

—No planees tu vida o te vas a paralizar. No sos un médico. No intentes saber dónde vas a estar en 10 años. Seguí haciendo lo que estás haciendo que así vas a llegar. Así resolvés las cosas. Así llegaste a todas las oportunidades que tuviste y que considerás las mejores de tu vida. Las conseguiste siguiendo tu intuición, tu curiosidad y tus ganas, paso a paso. Así.

Una de las dos amigas que escriben en este blog. Tengo 24 años, soy argentina y estoy viviendo en Siena, Italia. Soy una hacedora compulsiva: escribo, dibujo, hago diseño web y saco fotos. Me gusta reír y hacer reír, leer, caminar y tomar muchos cafés. Persigo siempre la magia.

www.sharonborg.com

6 comentarios en “Las estaciones de una nueva vida en Siena

  • Contestar sexymech 28/08/2017 at 8:03 am

    Me encanta leerte shaps! 🙂 🙂 🙂

    en breve me atrapa la crisis de los 30. Podemos extender la década de la curiosidad unos añitos más por las dudas?? jeje

  • Contestar Azul 28/08/2017 at 3:32 pm

    Siempre me siento identificada con lo que contas Sharita!!! Estoy lejos pero viviendo sensaciones muy parecidas. Hay que probar, dejar que las cosas fluyan… yo acá estoy aprendiendo a ser una buena moza aunque no me sume al cv jeje. Te mando un abrazo transoceánico <3

    • Contestar Sharon Borgstrom 29/08/2017 at 9:13 am

      Hola Achu!!! Aunque no “sume” al CV, suma tanto a la experiencia personal de cada uno… y profesional también! Gracias por leer, gracias por tus palabras, gracias por el aliento. Y a seguir probando y explorando, sea en Italia, EEUU o donde sea <3

  • Contestar Fefu 30/08/2017 at 3:11 am

    ay, te lei usto el en el momento que lo necesitaba…. ya hace 9 meses que deje la linda bsas, y empiezo a sentir muchas cosas de las que describis con tan hermosas palabras! Me encanto el post, me encanta leerte, me encanta aprender cosas nuevas (quiero hacerme un logbook!!).
    Ojala nos veamos muy pronto para compartir experiencias y sensaciones!!
    Beso enorrrrrrmeeee!!!!

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