Me voy porque todo ya empezó

Un año atrás, en casi esta misma fecha, sobrevolé el Atlántico para aterrizar en Barcelona, sin plan excepto el de no tener ninguno. The plan is no plan. El post donde escribí sobre la partida se llamaba “Me voy porque todo está empezando”. Me había graduado, mi hermana vivía allá, tengo pasaporte europeo. Estuve dos meses exactos pero me volví a Buenos Aires porque mi mejor amigo estaba muriendo. Tiré mis planes por la borda sin dudarlo un segundo y busqué hacer lo mismo que quería hacer allá – ponerle las pilas a la creatividad – en mi casa. Volver a escribir, a dibujar, a leer, a sacar fotos, dedicarle el tiempo y espacio necesario para que fermente. Alejarme del mundo y armar mi propia rutina. Volver a casa me hizo darme cuenta de que no era tan necesario irme a otra latitud para hacer cambios en mi día a día y profundizar en lo que quería.

Así que lo hice, en Buenos Aires. Trasladé mis planes acá y me volví a enamorar de esta ciudad. La amo. La amo. Me enamoré de mi barrio (que odié toda mi adolescencia), un suburbio ubicado a veinticinco kilómetros de la ciudad, a once paradas de tren desde Retiro, la estación principal de la ciudad. Conseguí un trabajo cerca de mi casa. Después de haber ido durante cuatro años, de lunes a viernes en hora pico a la otra punta de la ciudad para ir a la universidad, ir en bici al trabajo y llegar en quince minutos es un regalo que no sé como expresar pero con el que me deslumbro cada vez.

San Isidro, Buenos Aires

Fotos de los lugares por los que paso cuando voy a trabajar

San Isidro, Buenos Aires

Las ventanas y sus reflejos…

Estoy muy bien. Muy. Estoy totalmente enamorada de mi familia. Me parece un programón desayunar con mi mamá y hablar con ella todos los días, o sentarme a discutir planteos existenciales con mi papá y mi hermana a la noche durante la cena. Soy feliz. Recargué energías que se me habían agotado. Fue un año tan difícil pero tan hermoso al mismo tiempo, ligado tan cerca a la vida y a la muerte. No escribí nunca sobre por qué había vuelto de Barcelona, sobre por qué mi plan se suspendió sin aviso, no escribí nunca sobre Tom, mi mejor amigo del alma que murió en agosto, ni sobre los agujeros negros a donde me chupó su muerte, su no-existencia, como tampoco escribí nada sobre las luces a las que me acercó. Tampoco sobre la búsqueda inagotable del sentido ni sobre lo que aprendí con él. No escribí nunca de eso acá, de forma pública, pero mis cuadernos están que explotan y mi psicóloga tiene tanto material que se hace una fiesta.

Pasaron casi ocho meses desde que mis pies pisan tierra que los pies de Tom no pisan y me cuesta entenderlo. Pero estoy mejor y quiero escribir de eso. No era el plan hacerlo acá, en este post, acá quería avisar que me iba a Italia a probar suerte con mi novio genovés (estoy cansada de la relación a larga distancia. Quiero tirar mi celular a las profundidades del Río de la Plata. No puedo ver más Whatsapp) y a emprender una nueva aventura. Siento en mis huesos que se abre una nueva etapa de mi vida. Que aunque me quede en Génova o no, aunque vuelva a Argentina, aunque termine en Sri Lanka o en el Transiberiano, el avión que despega en dos semanas me lleva no solo a otro continente, sino al lugar en donde tengo que estar, sea ese el que sea. En movimiento.

San Isidro, Buenos Aires

Esquinas. (No se ve pero desde una ventana me miraba un chico con intriga.)

San Isidro, Buenos Aires

Autos viejos… ¡por todos lados!

San Isidro, Buenos Aires

Empedrados y cementerios.

Tengo miedo, obvio. La ansiedad y los nervios se aprovechan de mi vulnerabilidad para alojarse más tiempo del que me gustaría, pero no me preocupo demasiado porque sé, en el fondo de mi corazón, de mi estómago, en todo mi cuerpo, que la decisión es la correcta y que el miedo es solo un conocido que viaja conmigo pero en el asiento de atrás. Lo escribí hace un año y lo escribo de nuevo: mi cuerpo es la única brújula en la que confío, y mi cuerpo me dice que este miedo está acá pero que del otro lado de él hay algo maravilloso, y que solo puedo llegar ahí armándome de fuerza y atravesándolo.

Todo ya empezó. La mayoría de mis amigos se graduaron y empezaron a trabajar. Mis hermanas no viven conmigo, excepto por la más chica, pero ella también tiene sus planes. Mis papás están sufriendo, con una mezcla de ansiedad y entusiasmo, los síntomas de nido vacío. Los días pasan. Mi amigo no vuelve de la muerte. Yo me acomodo. Mi trabajo me gusta, mis compañeros me hacen reír, me entusiasma crecer…

No tengo ninguna queja. No me quiero escapar de nada. (No hay nada de lo que me tenga que escapar.)

¿Por qué irme, entonces?

Por eso. ¿Por que si no es ahora, cuándo?

Porque quiero tanto para mi vida que quedarme quieta ahora no es una opción. O mejor dicho, sí es una opción, pero no es una que quiero tomar. Quiero ser valiente.

Mi teoría es esta: la vida, excepto por la muerte, no tiene garantías.

Nunca.

La muerte puede esperarme bajo las sábanas de mi cama esta noche o en un choque múltiple dentro de quince años o en la taza de té que me tomo a los noventa y cuatro. No lo sé ni lo voy a saber nunca.

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Árboles sobre hileras de autos.

El Río en San Isidro, Buenos Aires

Atardeceres sobre el río (el mejor lugar para una inyección de fuerza vital). Después de estar un tiempo acá contemplándolo una tarde, me fui y vi que un chico, sentado solo atrás mío, estaba dibujando el paisaje y en él, a mí. Me morí de ternura y culpa por haberme levantado antes de que terminara el boceto.

San Isidro, Buenos Aires

Y fachadas así pintadas. (La señora no se quiso asomar por la ventana. Le pedí pero le dio vergûenza.)

El tiempo pasa y es inclemente. No lo olvido. No lo olvido un segundo. Odio caer en el lugar común de carpe diem, seize the day y #YOLO pero es lo más obvio del mundo y lo que más nos cuesta poner en práctica. Quedarme y trabajar y crecer y armar mi vida acá no es garantía de nada. Cumplir las reglas, ir al colegio y a la universidad, trabajar, tener familia, jubilarme no me promete que voy a llegar a los noventa. Irme, viajar, conocer, no es garantía de nada tampoco. Solo sé que tengo ganas de conocer y de crecer y de tirarme de cabeza en situaciones que me exceden y confiar, todo el tiempo, en que me tengo a mí misma. Que llevo mi curiosidad inagotable, mi capacidad de aprendizaje, mis ganas extasiadas y mi amor a donde sea que vaya.

Tengo la necesidad impresionante de querer hacer algo con mi vida y es una sensación que no me puedo sacar de encima. ¿Al resto le pasa?


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