Námaste | Bikram: yoga a 42ºC

Una, dos, cuatro, siete. Y esto recién empieza.

Como un film que podría ser de terror, las gotas de transpiración me recorren como una horda de arañitas que pretenden colonizarme.

Afuera, ¿quince grados? Acá: cuarenta. Cuarenta  grados que se multiplican porque estoy en un espacio cerrado, con otras ¿treinta? personas que eligen venir a lo mismo, a las arañitas.

La temperatura es el factor diferencial de este tipo de yoga, llamado hot yoga o Bikram, por su creador (Bikram Choudhury). 90 minutos. 26 posturas de hatha yoga. 42 grados. Básicamente, esa es la definición de esta disciplina.

Pero con esos números, me quedo corta.

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Entrás y te ahoga un olor a humedad, a muchas personas transpirando a la misma vez en un ambiente cerrado (sí, le saco todo el glamour que se nos viene a la cabeza cuando escuchamos el nombre). Y mientras que la gente va entrando, espero acostada boca arriba (o en savasana, como se le llama a esta posición) sobre el mat. Estoy tirada, inerte – podría estar muerta y nadie lo notaría – y ya caen gotas.

La clase se desenvuelve en 26 posturas que se repiten dos veces cada una, con ejercicios de respiración al principio y al final. Posturas de equilibrio, de compresión, de estiramiento. Bikram no es para todos – hay gente que no se banca el calor – pero tiene esa peculiaridad de que en el tiempo en el que uno está ahí, atraviesa mil emociones y sensaciones diferentes.

Desde la incertidumbre que nace porque no sé si  voy a tolerar el calor, a la euforia de mantenerme de pie en una postura donde todo mi cuerpo busca imitar la perpendicularidad de una tabla apoyada solamente en una pierna, que no, no puede doblarse. Hay momentos en los que la cara quema, hierve, y anhelo que alguien milagrosamente abra la puerta para que entre una pizca de viento frío. O imagino cuánto faltará para que la clase termine. Pero estos pensamientos sucumben cuando estoy haciendo una postura que se llama el camello, donde me siento sobre mis rodillas y estiro mi cabeza para atrás, mientras mis manos agarran mis pies. Mi pecho se abre, sigo respirando, no entiendo cómo llegué acá pero lo agradezco infinitamente porque me siento libre, fuerte.

Postura del camello, o ustrasana.

Postura del camello, o ustrasana. (Pinterest)

Estoy empapada. Roja y cansada. Mis piernas tiemblan cuando trato de estirarlas más de los que pueden, y me tropiezo cuando pierdo la concentración. A duras penas trato de mantener el equilibrio y el profesor dice: “No se olviden de sonreír”, y en el intento, sí, me termino cayendo. Mi cuerpo ya no quiere volver a intentarlo, pero antes de que me dé cuenta, estoy tratando de armar la postura una vez más. Porque quedarme quieta – a menos que esté vacía – no es una opción.

En un gimnasio me saturaba la sensación de que sentía que debía estar arreglada porque a mi alrededor, todos estaban diez puntos. Acá, por el contrario, todo es tanto más natural: comencemos por el hecho de que van en top, short, calza, cuero. Se manifiesta como una complicidad tácita de que está todo bien, cada uno va como desea y muestra cuánto quiere.

La tríada del calor- postura- respiración, hacen que uno realmente esté totalmente focalizado en el momento. La clase culmina con un “námaste” camaléonico: cansado, enérgico, forzado, vital. Vuelvo y las gotas podrían ser las de la lluvia que cae. Vuelvo y mis piernas parecen de goma; no sé cuándo fue la última vez que las forcé tanto. Vuelvo y no sé a dónde voy, a quién tengo que llamar, qué tengo pendiente. Reformulo: ¿tengo algo pendiente? Nada parece importante, y quizás es que realmente no lo sea.

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Hace seis meses arranqué a tomar clases de yoga porque necesitaba encontrar una manera de bajar mi ansiedad. No encontraba trabajo y la espera insaciable de esos mails que no llegaban me estaba matando. Ya no me bancaba a mí misma; cada dos segundos agarraba mi celular para ver si había alguna novedad. Como no podía seguir así, me propuse empezar con algo diferente.

Al principio pensé que me aburriría y que no duraría ni dos clases, pero de a poco fui sacando aquel preconcepto y me fui enganchando. Voy a ser totalmente sincera: no soy de esas personas que pueden meditar a toda hora (¿medité realmente alguna vez? ¿qué significa eso?), e incluso me distraigo en las clases. Pero mis revoluciones bajan, no paro de bostezar – denotando lo cansada o preocupada que estoy por algo – y salgo más calma de lo que llegué. Por unos minutos, entiendo que en ese momento, dentro de esas cuatro paredes, no puedo hacer nada al respecto más que cerrar los ojos y bajar un cambio. Y me hace bien; incluso pareciera que salgo sedada de las clases.

Pero lo que más atesoro es que cada postura te deja algo distinto, y ahí radica la versatilidad de esta disciplina. Muchas te relajan, otras te duermen, te estiran, pero hay algunas que te hacen sentir invencible, como una lanza que puede lograr cualquier cosa. Otras te abren tanto que sentís que estás sacando de adentro lo que te hace mal; nada de cruzar los brazos ni de tener puesta una armadura que nos pliegue hacia adentro, privándonos de vivir nuevas experiencias.

Esto es un poco de lo que habita en mí en estas pausas que tiene mi semana. Esa sensación de desconexión acompañada por la  paradoja de que en realidad me estoy conectando con otras esquinas interiores. Pero repito, esto es lo que vivo yo, y tengo la necesidad de aclararlo exhaustivamente porque no se pueden hacer generalizaciones; cada uno encuentra su espacio de “largo todo al carajo, estos minutos son míos” con actividades diferentes.

A mí me funciona el yoga, a temperatura ambiente, a 42 grados (sí, me hace bien rostizarme y transpirar como una desquiciada), o lo que venga. ¿A vos?

 

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