No soy un amor, señora

Pudo haber sido en una verdulería, en un campo, en una clase de teatro: no importa.

Pudo haber sido una mujer de sesenta años, con lentes y vestido, o un amigo del colegio, o una rubia de mediana edad y sin cartera. Pudo haberle pasado a mi hermana, a una compañera de trabajo o a una madre soltera. Me pasó a mí.

Alguien que me conocía solo un poco se me acercó, me agarró del cachete, me miró como si fuera un cachorrito mientras me lo estrujaba y me dijo con esa voz con la que se le habla a los bebés:

– Ay, ¡sos tan tierna! ¡Sos un amor!

Pudo haberle pasado a cualquiera, a toda mujer le pasa seguido, pero esta vez me tocó a mí y desde que pasó tengo la astilla clavada en la yugular y necesito exorcizar.

Me dijo con los labios en puchero, agitándome el cachete de un lado para el otro:

-¡Sos un amor!

Pero no estaba hablando de mí: estaba hablando de mis modales. Me criaron bien: educada. Me enseñaron desde chica a levantar la mesa, a escuchar a las personas mayores y a respetar a las autoridades.

Yo no soy un amor, señora. Solamente estoy bien adiestrada, aprendí las reglas de convivencia y lo que significa ser un buen ciudadano. Y por eso, mientras mi cachete estaba secuestrado en la mano de alguien que no me había pedido permiso para hacerlo, en vez de responderle lo que tenía ganas de responderle (“Señora, vayase a la concha de la lora” o “señora, tengo veinte años, no soy su peluche” o “señora, ¿por qué piensa que mi espacio personal no es inviolable?”) solté una risita. Jajaja. Ja ja ja. Ja. Ja. Ja.

Pudo haber sido en una verdulería o en un campo pero cuando me pasó a mí fue en una clase de teatro y justamente porque el teatro tiene sus propias reglas, las aproveché. Me lanzé a la oportunidad de remendar mi error, tragarme de vuelta mi risita y hacerle saber a la agresora su infracción. Era tan simple como subir los tres escalones del escenario y cruzar el umbral que separa lo respetable de lo Real.

Pudo haberle pasado a mi hermana o a una compañera de trabajo pero esta vez me tocó a mí y frente a los reflectores cegadores que me apuntaban me dejé llevar por el ejercicio del fluir de la consciencia y espeté:

– No soy tierna. No soy un amor. Soy una fuerza pura y brutal. Soy una perra, una hija de puta, una bomba sexual y la mujer más poderosa. También soy tierna y también soy un amor y también soy injusta e intolerante y cruel y generosa y sensible y graciosa e inteligente y celosa y vengativa. Lo soy todo y no te atrevas a reducirme. No te atrevas a reducirme.

Me criaron bien: educada. Sonrío cuando saludo a alguien, levanto la mesa después de comer, procuro no ser una molestia, me inculcaron el hábito de preocuparme por el otro hasta un punto absurdo. Muchas veces hago esto que me enseñaron porque creo que es importante ser educado pero otras veces, cuando lo hago sin querer hacerlo solamente porque siento que debo, tengo ganas de mandarlo todo al carajo.

En mi clase de teatro, en el lugar donde se decía la verdad, esta mujer me miraba no como Sharon sino como una nena de veinte años, de la misma edad de su hija, dulce. Su presencia en mi clase de teatro, el templo en donde yo podía y tenía que desvestirme de las capas de la educación, en donde no tenía que hacer nada que se esperara de mí, me censuraba.

Al bajar del escenario, cuando, al pisar el tercer escalón, volví a vestirme con el manto de la respetabilidad, se me acercó esta señora que me conocía solo un poco. Tenía una sonrisa en la cara. Me agarró el cachete, me miró como si fuera un cachorrito y me dijo con esa voz con la que se le habla a los bebés y que jamás usaríamos para dirigirnos a alguien más grande a menos que querramos pasar por idiota:

-Ya sé que sos sexy y brutal y una bomba pero… ¡sos un amor!

Y mientras mi cachete estaba secuestrado en la mano de alguien que no me había pedido permiso para estar ahí, en vez de responderle lo que tenía ganas de responderle, le solté una risita.

Jajaja.

Ja ja ja.

Ja.

Ja.

Já.

De a poco voy desaprendiendo lo aprendido.

Una de las dos amigas que escriben en este blog. Tengo 24 años, soy argentina y ahora estoy viviendo en Siena, Italia. Leo, escribo, dibujo y saco fotos. Me gusta caminar, hacer reír, tomar cafés y mirar por las ventanas.

3 thoughts on “No soy un amor, señora

  • Reply Anónimo 18/02/2016 at 7:23 pm

    No sos nada de de eso, sos cursi y un amor

    Tu frustración de que te agarren los cachetes no es algo de persona con ‘fuerza bruta, violencia y bomba sexual’, es de persona tierna que es un amor.

    No dejes de ser quien sos por encajar, por que te respeten otras boludas que blogean feminismo, sos mucho más que un post de política de identidad

    Te da bronca que los demas vean tu respeto y lo tomen por inseguridad, aprende a convivir con eso, no te niegues, no tenes que demostrarle nada a nadie, levanta todos los platos que se te cante

  • Reply Sexymech 18/02/2016 at 8:10 pm

    Sos rencorosa! Jijiji

    And brilliant!

  • Reply untanocualquiera 18/02/2016 at 9:27 pm

    ahrf

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