Semana Santa Sevillana

Es Viernes Santo, casi a la medianoche, y me dirijo al puente. Temo que si no voy, mi abuela no me deja volver a Buenos Aires. Es Viernes Santo, casi a la medianoche, y por el puente de Triana están cruzando más de mil nazarenos que forman parte de una de las procesiones de Sevilla. La del “Cachorro”, una de las más populares, una de las preferidas de mi abuela, que vivió años en esta ciudad. Si no la veo,  me deshereda; por si acaso también llevo la cámara.

La Semana Santa es una celebración que se toma a pecho en Sevilla. No es tan religiosa como lo es cultural, y ya es una tradición comunitaria de hace siglos que hoy tiene aspectos sociales, económicos y turísticos. La gente se anticipa tiempo antes, y se nota en el aire una sensación distinta: hay algo que se viene. Es una semana en la que no tuvimos clase y en la que el centro de la ciudad se detuvo por las preparaciones, haciendo casi imposible el tránsito normal. Las calles se empezaron a llenar de personas, más y más, tanto que caminar de una esquina a la otra se convirtía en una hazaña difícil.

Es Viernes Santo, casi a la medianoche, y veo que los nazarenos marchando son de todas las alturas. Me imaginé que todos serían hombres grandes, pero veo también muchos niños. Distingo a algunas mujeres bajo todo ese negro porque se les escapa la trenza por debajo. Algunos familiares acompañan a los que participan de la procesión, ofreciéndoles de comer o de fuente de entretenimiento. Desde la vereda, los chicos deleitados los miran pasar, acercándose para jugar con la cera de las velas que llevan. Miro alrededor y no son pocos los que están vestidos de forma elegante: niñas con vestidos rosas, hombres de saco y corbata, todos mirando la fila de negro pasar por delante, al ritmo de la marcha. Los turistas se vuelven locos. Yo, también. Cómo me gusta Sevilla.

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