Un casamiento da vuelta una casa. Ni te cuento dos.

Vestidos, puntillas, catering, flores.

Vestidos, puntillas, catering, flores.

Antes que nada, quiero pedir perdón. Perdón porque aunque entraba todos los días a ver de qué podía escribir, se me nublaba la cabeza y me quedaba boquiabierta pensando en otra cosa. Tildada, papando moscas imaginarias. Será que no quiero pensar y que esa excusa tantas veces escuchada de que fin de año nos mata, es real. Por algo la repetimos tanto, convirtiéndola en cliché. Porque, por encima de todo, es intenso… FIN DE AÑO ES INTENSO.

Quizás vieron por el post de Shari que nos graduamos. Les juro que quería escribir de eso – al menos a modo personal – o sentarme en algún lado a digerirlo, pero tampoco pude. Quizás falta un poquito para hacer balances sobre lo ¿lo que aprendimos y lo que quedó pendiente, pero a diferencia de otros años, este último trecho me agarró un poco en blanco, algo así como la calma antes de la tormenta. Hay tantas cosas en mi cabeza, pero cuando intento ahondar en alguna, no puedo.

Ah, y tampoco pude escribir porque mi casa es una montaña rusa.

Se casan mis dos hermanos. Sí, con unos pocos meses de diferencia. Sí, los primeros eventos de este tipo y envergadura en mi núcleo familiar. Noticia súper linda, ya lo sé. Pero CAOS.

Caos porque se revolucionó mi casa, claramente, que por poco se empapela con recomendaciones de caterings, vestidos o listas de invitados. Y entre tanto frenesí, de repente me acuerdo de lo grande, realmente GRANDE que es la noticia. Me emociona ver a cada uno de mis hermanos asumiendo este nuevo paso en sus vidas. Imagino que, si bien no altera mucho las cosas, a la vez lo cambia todo. Dentro de mi familia se van a ir formando otras, sumando así afluentes en el árbol que nos une.

Somos mujeres y sin caer en estereotipos –  perdón si lo hago – nos gusta hablar de casamientos. Las flores, el vestido (para el la iglesia, el civil, o el que sea), las mesas, el catering, el vestido, las puntillas. BLA- BLA- BLA. Cada tanto estoy aburrida y miro cual cazadora la página web de Pronovias (España, allá voy) o chusmeo Pinterest, y eso que yo no me estoy casando. Cazar y casar (¿casualidad o acierto?). Sí, confieso, cada tanto en ese escaneo digital pienso cómo me gustaría que sea mi vestido, y divago y estoy al horno. Vuelvo a la realidad y gracias a Dios sigo teniendo muchos años por delante.

Ahí. Invadida por nervios mezclados con alegría. Ahí.

Ahí. Invadida por nervios mezclados con alegría. Ahí.

Ahora, ¿qué pasa cuando en mi familia somos varios y se repite el tema como un eco insaciable que atraviesa paredes? ¿Qué pasa si todo se duplica, porque no es uno, sino que son dos casamientos? Aclaro: dos vestidos, dos salones, dos despedidas de solteros, dos de TODO.  Ahí es cuando tocamos fondo porque se vuelve una especie de trending topic que no se agota. Es como lo que ocurre con la política o el clima, porque lo hablamos mientras estamos en la mesa o bajamos por el ascensor. Lo hablamos si nos cruzamos a alguien por la calle. Lo hablamos entre nosotros, con nosotros. Lo hablamos, con el perro, con vos en este preciso momento.

Sí, mi casa es una montaña rusa. A veces me invade la adrenalina en su estado más puro: esa que nos hace reír incontrolablemente justo antes del descenso vertiginoso, y todo es alegría mezcalda con nervios – de los lindos – por lo que vendrá. En otros momentos estoy clavada en una fila, cansada de escuchar siempre lo mismo. Como un péndulo descontrolado, erupcionan tensiones que se encontraban resguardadas, y discutimos por lo que solo supimos callar. Sentimientos entremezclados que son una locura, porque entusiasman, emocionan.

En fin, todo parte de una familia funcional. Que de funcional no tiene nada, claro.

 

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