Gordita de alma: Italia me está arruinando

Parma

Estoy perturbada porque me convertí en un cliché sin darme cuenta. Estoy metida en una gran olla que hierve una sopa de cliché a fuego lento, y yo ahí, girando mientras me revuelven.

No es suficiente enamorarme de un italiano ni mudarme a su país. Tampoco lo es aprender su idioma, la “lengua más romántica y sexy”, ni la de recorrer casas de colores pasteles que miran el mar, mientras abrazada a mi novio cortamos el aire con la velocidad de la moto…

No.

El destino quiere hacer de mí una más.

Que repita lo mismo.

Que me asombre ante lo mismo que millones de otras personas.

Que diga:

Dios mío:

La cocina italiana.

Italia me está arruinando.

Pansotti con salsa di noci (ricetta genovesa)

Decir que soy una ignorante gastronómica queda corto. Mi cerebro se paraliza ante las recetas más fáciles, se me entumecen las manos de los nervios y la presión cuando tengo que hacer una picada para amigos que vienen a casa; insisto en pedir delivery y no cocinar. Mi historial con la preparación de la comida no es favorable: incluye sartenes quemadas, tortas quemadas, manoplas quemadas. Mi cerebro censuró el resto de la lista por protección, asi que digamos que a eso le sigue un largo “etcétera”.

Comer bien no fue nunca una aspiración muy grande. Sobrevivir era más bien mi lema: si se come bien, mejor, pero no es necesario. Irme de vacaciones o conocer un lugar nuevo nunca implicó conocer también su cocina, a menos que fuese barata. Gastar en restoranes siempre me pareció tonto, no porque no me gustara, si no porque prefiero invertir en otra cosa, quizá en algún otro viaje. Viví en Sevilla cinco meses de intercambio y si no recuerdo mal nunca salí a comer: vivíamos a base de pizzas congeladas, hummus del supermercado y los sandwichitos que costaban 1€ en 100 Montaditos.

Spaghetti con salsa nero, stracciata de buffala y algo piselli (ulti noche lpm)

Conocer Italia desde la intimidad fue un shock por muchas razones, y una de las más grandes fue por su comida. Nunca, nunca, nunca comí tan bien. Nunca adoré tanto los ingredientes como aprendí a hacerlo acá. Jamás creí que entendería la diferencia entre todas las decenas de tipos de pastas– entre bucatini, spaghetti, linguine, orecchiette, mezze maniche, penne, fusilli y un inifinito y medio más – ni que sabría identificar cuando estaba cocida al dente o no. ¡Antes de venir no sabía ni siquiera qué significaba al dente!

Empecé, sin darme cuenta, mi propia versión de Comer, rezar, amar. Yo también estoy admirando los milagros de la cocina italiana, como si nadie lo hubiera hecho antes, aunque es objeto de fascinación desde hace más de dos mil años. Hay comunidades italianas en todos los países, que emigraron y se asentaron en el extranjero, y que viven por el éxito de sus restoranes de comida italiana. Deben existir miles que en origen no lo son: yankis, argentinos, ucranianos disfrazados con un mostache y con una olla en la mano, y más, pero sirve copiarlos porque es una fórmula que funciona.

Para ser un país apenas más grande que la provincia de Buenos Aires, la penetración de la pasta, la pizza y el helado en el resto del mundo habla muy bien de lo exquisita que es.

Spaghetti que se pidio Gio. Es el mismo piatto que nos ha fatto Fra!

Aprendí muchas cosas: saborear fue una de ellas. Lo que antes masticaba de pie, a las apuradas, antes de escapar al trabajo o a la facultad, hoy no sucede, o al menos pasa menos. Sentarse a comer es algo que toma su tiempo, que no lleva solo veinte minutos, ni siquiera si es algo tan fácil de preparar como la pasta.

Las recetas no son lo único inexplicable. La calidad de los ingredientes también lo es. Conocer el sabor de las cosas: del aceite, de la sal, de los distintos quesos. Hace poco viajé a Barcelona de vacaciones para visitar a mi hermana. Cocinamos una ensalada en casa, le puse aceite, probé bocado y sentí algo muy, muy raro y que no tenía muy buen gusto: ¿Qué onda este aceite?

Nunca – ¡nunca! – imaginé esta situación, que podría distuinguir entre las calidades de los aceites, que sin haberme dado cuenta me había acostumbrado a la calidad de los olios italianos y que en ese adiestramiento recae toda la corrupción de estos meses. Italia me está arruinando y ni siquiera me avisó.

El Tano me lo dijo clarito:

-Ahora entendés lo que nos pasa a los italianos cada vez que viajamos al extranjero.

Antes lo habría desestimado como snob, burgués o gordito quejoso… pero ahora entiendo. Crecer con esta comida, con estos sabores, con esta calidad no debe ser sano para una persona normal y corriente: no es natural dar por sentado que en el resto del mundo se come de la misma manera. Agradezco no haber nacido acá y saborear estos platos y entender que no es normal, que no es cosa de todos los días, que los tanos viven en una nube de ravioli y mozzarella que nadie más conoce.

La carne argentina, con la que crecí, siempre va a  estar en un pedestal inamovible, y admito que extraño demasiado las ensaladas llenas de verde y cosas livianas (acá a cuarenta grados ves a italianos almorzando pasta con ragù/salsa boloñesa). Pero en el gran balance, gana Italia. Excepto por el desayuno y las tortas. Tengo nostalgia infinita por los desayunos de pan con mermelada, porque acá no se acostumbran: se prefieren los biscotti (galletas), brioches (medialunas) o cosas dulces y pesadas. Lo peor, sin embargo, es esto: en los cumpleaños se soplan las velitas sobre pastafrolas. PASTAFROLAS. Un gran no. Por favor, no. Traigamos todos los dulces de leches, muchachos. La pastafrola me gusta pero dale, seamos serios.

Y así sigo, de a poco, estudiando los hábitos de este grupo de personas que viven en la bota del mapa, aunque eso signifique seguir cocinándome a fuego lento en una sopa de cliché. Ya les ire contando más.

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