Más cerca de casa, más cerca del futuro | España

Diez días, España.  Diez días que pasaron volando y alejaron a París un poco de mí.  Diez días que fueron un limbo; estoy y no estoy.  En junio dejo París y empezamos a recorrer diferentes ciudades.  Este viaje fue apenas un gustito de eso que voy a vivir en un mes.  Despertarme muy temprano y apenas dormir (para eso, habrá tiempo en el avión de la vuelta, ¿no, Jo?). Estar todo-el-tiempo haciendo algo.  Algo como un picnic en alguna plaza, un museo o un free tour; quizás encontrarme en algún mapa roto y pintarrajeado. En fin, viajar y no estar en mi casa, que ahora es París. Me intriga y creo que ya cada vez tengo más ganas, o al menos me siento más lista.

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Calle Cristo de la Sed, Virgen de la Alegría, Francisco Buendía, Guzmán el Bueno, y puedo seguir así, enumerando nombres que parecen sacados de una obra de Gabriel García Márquez.  ¿Será que se inspiró en Sevilla? ¿Ciudad donde se supone que vivió Carmen o eso fue tan solo un invento de Georges Bizet? No tengo la respuesta a ninguna de las dos preguntas, pero Sevilla tiene ese aire que sin dudas te teletransporta al pasado.  Será porque yo venía del frenesí, el tráfico y tumulto parisino. Partí de una metrópolis enorme que no deja de recordarme a Buenos Aires, para pisar otra ciudad que me hacía viajar paralelamente a Cartagena.  Quizás nada que ver; quizás es solo mi imaginación.  O la sensación térmica: lejos quedaban la lluvia y el frío, las camperas abrigadas y el gris.  Me recibían Shari, Mecha (publicista nº1 de Sevilla) y Mersula.  No puedo sacarme de la cabeza a Quilmes y su tan característico “el sabor del encuentro“.  Esa extraña sensación de que el tiempo no pasó, porque no, no parece que pasaron meses desde que las vi.  Pero a la vez ocurrieron tantas cosas y cada una tenía tantas otras para decir.  Muchas de ellas coincidían, demostrando que más allá de las distancias, la experiencia nos enseña lecciones parecidas, pero por el simple hecho de ser personas diferentes y venir con expectativas o miedos propios, cada una tenía algo único. Sevilla fue ese salto abrupto que no me dio tiempo para recordar a París, de donde venía. Pero por el otro lado, ahí, mi Buenos Aires estuvo más presente que nunca, por el idioma, la gente, los colores, el aire.

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Madrid y esa extraña promesa de que voy a volver en el futuro, a estudiar quizás.  Me hizo sentir parte de ella al segundo.  La zona de Chueca, con sus mil barcitos y cafeterías que no dejan que te quedes encerrado en tu casa. En ese hábito por querer comparar siempre todo con Buenos Aires, pensé mucho en Palermo Viejo.  España y Francia son, en lo cultural, abismalmente diferentes.  Cambia en la calidez, el griterío.  Hasta es distinta la forma en la que te chamuyan si vas a bailar (winkwink).  Volví a París y me reía al ver grupos de personas sentadas en las cafeterías, donde predominan los anteojos redondos de carey, los tapados grandes, los gorros grises de lana. Y algo más que no puedo dejar de comentar, porque en mi opinión, es uno de los grandes tesoros madrileños: el Parque del Retiro.  Literalmente, es un pulmón en plena ciudad.  Entrar ahí hace que uno se desenchufe y que olvide el caos, los asuntos pendientes, las agendas.  Hay árboles que parecen gigantes por todos lados. Gigantes que bloquean cualquier cosa que quiera atentar contra la paz que provocan. Gigantes que no quieren pisarte, sino abrazarte.

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Sabía que iba a volver, Barcelona.  La veo tan joven y viva, con ganas de experimentar. Había ido hace un par de años con mi prima, y fue inevitable mirar atrás para ver los pasos que recorrimos entonces.  Tomé un ritmo diferente, con más tiempo para ir a lugares que me intrigaban más, aunque eso implicó dejar de hacer algunas de las típicas cosas turísticas (Sagrada Familia, esta vez te veo feliz desde afuera). Una ciudad con muchas puertas invisibles que te transportan a lugares totalmente diferentes en cuestión de segundos: el Barrio Gótico, la playa (sea la Barceloneta, siempre colapsada, o un poco más lejos Bogatell, que no pretende ser el centro de atención), o la zona alrededor de Plaza de Cataluña, más comercial. Pero esta vez no me quedé solo con esos lugares.  No fui solo a la Rambla para que me pisara el tsunami de turistas o me saturaran los vendedores ambulantes que, si fuese por ellos, te venderían hasta su alma.

Descubrí el Raval, un barrio multicultural, hogar de las diferentes etnias que se asentaron en Barcelona.  Los edificios se rozan con los de enfrente por la ropa que cuelga en los tenders, que en un mundo paralelo serían banderines de un festival.  Es loco pensar que a tan solo unas cuadras está la Barcelona más conocida y turística y que, probablemente, muchos de los que ganan su vida de esa ilusión turística, viven allí, en el Raval.

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También está El Borne, barrio que toca el Gótico.  Mientras las chicas iban a recorrer la Sagrada Familia, decidí caminar por este barrio sola.  Se dice que es una zona “fashion”, con muchos bares y locales de ropa más modernos o artísticos, pero que no pretende ser masivo tampoco.  Es más, me parece que aún sigue siendo un secreto de los catalanes.  Me llamó la atención que hay determinadas calles en esta ciudad que están colmadas de gente, pero cuando uno camina por la paralela, es muy probable que vaya a estar solo, y que se sorprenderá porque allí habrá cosas que no esperaba ver, cosas incluso más reales por el simple hecho de que están teñidas por el silencio.

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Pero también volví a un lugar al que llegué totalmente por casualidad hace tres años.  Y ahora, una vez allí, me impactó más de lo que recordaba: el Parque de la Ciudadela, que aparentemente fue construido tomando como modelo a los Jardines de Luxemburgo- aunque para mí, uno no tiene nada que envidiarle al otro.  Este parque tiene una cascada que es mágica, parece de un cuento de ficción.  Trato de describirla y no puedo: tiene una escultura dorada muy francesa pero más allá de eso, el agua cae sobre unos escalones que parecieran estar cubiertos por unas plantas y al costado se arma un arco iris que- posta, parece que es a propósito- y no sé- no sé- no sé.  Tienen que verla, en serio, los obligo.  Porque,  y recurriendo al cliché, a veces, las palabras no bastan.

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