Verde que te quiero verde

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Gouffre de Proumeyssac
 

No sé cómo reaccionar frente a tanto verde que se multiplica, se reproduce, se duplica, se fusiona.  Es un verde en tantos matices que se come al horizonte y no puedo ver nada más. Verde apabullante, avasallante. Tierra y más tierra cubierta por ese pasto que se apodera de todo, como un parásito o una epidemia, aunque sin llegar a serlo del todo, porque me relaja, me desconecta.  Trato de mirar al más allá pero es como un infinito, y entonces, mis sentidos se enfocan solo en lo que tengo enfrente, y se pierden en ese espiral monocromático.

Estuve cinco días con mi hermana recorriendo pueblos del interior de Francia.  Hay tantos que no sé por dónde empezar a nombrarlos (Saint Emilion, Rocamadour, Domme… entre otros), pero todos ellos eran chiquitos, e incluso parecían estar algo dormidos.  Podría decir que son fantasmales, pero siempre aparece algún que otro turista, con su mochila y sus anteojos con lentes azules.  Todos los días parecen domingo. Pero los une una ruta rodeada por un paisaje inundado de árboles, de distintas formas y tamaños; todos ellos son los verdaderos dueños de aquel territorio.

Esa columna de fotos, ahí arriba, larga, no es casual. Quería que vean el paisaje que yo vi durante esos días de viaje. Solo eso; “solo” siendo entonces la palabra más subestimada del mundo.

Una vez, escuché a una profesora de psicología decir “los más felices son los que no piensan”. No sé si estoy de acuerdo, pero sí es verdad que son menos tristes los que no dan vueltas alrededor de un mismo tema, porque eso no hace más que generar nervios y ansiedad. O los que se generan problemas que antes no tenían. Entonces sí, pienso en tanto verde que me hacia no pensar, no caer en esos círculos dañinos. Cuatro meses acá hicieron que se tranquilizara mi mente, pero me sorprendí al ver que podía relajarme aún más, y siento que todavía llevo conmigo esa sensación.

Un día fuimos a un lugar que se llama Gouffre de Proumeyssac, al que comparan con una catedral de cristal. Entramos con mi hermana, solas, sin la linterna del guía, sin una explicación grabada. Entramos y oscuridad pesada. Entramos y silencio.  Pensé en los tantos lugares que aún no fueron descubiertos, explotados por el hombre; por suerte quedan tantos lugares así de mágicos- e incluso más- por ver.

Estar parada en la punta de un precipicio- frente a un paisaje de colinas y bosques- dentro de una cueva de cristales que pareciera que cortan el aire. En esos momentos, solo pienso: “la puta que vale la pena estar viva”.

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Un comentario en “Verde que te quiero verde

  • Contestar Michi 21/05/2014 at 5:07 pm

    TREMENDO esos lugares!

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