En qué pienso cuando pienso en Venezuela

Familias desperdigadas por América, Europa, el mundo:

Una prima que viaja con su hermana y cuñado, que dejó una mamá y que no sabe si podrá irse porque ya es grande, que tiene una hija que ya está radicada en Colombia y que puede ir al supermercado y llevarse dos de cada cosa, cuyo tío se quedó solo en ese estado venezolano que hace mucho desapareció de los diarios o de los canales de televisión. Porque voces periodísticas que hablen de lo que realmente está pasando, tampoco quedan.

Casas ambulantes, ilustrado por Gabriel Huici

Casas ambulantes, voladoras. La ilustración es de Gabriel Huici.

Esta no es la Venezuela que yo dejé“. Pero Carla tampoco sabe cuál es su casa.

Nos sentamos a comer; hace un tiempo que no nos veíamos. Habíamos cursado juntas pocas materias de la facultad hasta que ella se cambió de universidad y entonces nos habremos cruzado algunas veces por cuestiones del destino, de horarios, de agenda. Pero eso no se notó; incluso tocamos temas de los cuales no hablo con gente que conozco desde hace más tiempo. Cosas de la vida, supongo.

Ella vivió toda su vida en Margarita, una isla que está escoltada por otras dos más chiquitas, Coche y Cubagua. En el 2010, después de un intercambio en los Estados Unidos, aterrizó en Buenos Aires, aunque la razón que la empujó no es muy clara, si su país todavía no estaba tan mal. Quién lo hubiese imaginado. Por el otro lado, después de todo lo que pasó este año, creo que hoy nada deja de sorprender.

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Carla, 25. Lic. en Gestión de Medios y Entretenimiento.

“Si Venezuela estaría bien, ya me hubiese vuelto”. Y respira, con la pesadumbre de un deseo que se esfuma de sus dedos. Pero el destino a veces es un poco caprichoso: Carla sigue viviendo acá, y ahora la acompaña su hermana, Libertad. Porque se rumorea en las calles, en los pasillos, en las salas de espera que si no te vas de Venezuela, no progresás. Ella siempre pensó que el retorno sería inminente pero ahora no lo sabe. “La Venezuela que yo dejé, ya no existe (…) Por mi país siento amor, odio; a veces la extraño, a veces no”.

¿Cuál es mi casa? ¿Dónde queda? ¿Qué siento por ella?

¿Sus razones? “Los supermercados están vacíos, hay filas larguísimas para conseguir comida, la ciudad está degradada. No es vida que mi mamá vaya a comprar algo cuando viene a visitarme y se sorprenda porque hay de todo. Me enoja”, dice.

Pero Buenos Aires, tampoco es “casa”. Cuando Carla habla, la palabra “estabilidad” retumba más fuerte que el resto y se corona como el antibiótico más necesitado, el príncipe más escurridizo. Después de vivir seis años en Buenos Aires, todavía no pudo acobijarse en un espacio físico rodeado de cuatro paredes al que pudiese llamar “casa”. Casa.

¿Cuál es mi casa? ¿Dirección? ¿Código postal? ¿Piso, manzana? 

“Me encantaría volver, pero no en este momento. Trato de seguir adelante y que las cosas fluyan. Extraño tener a la familia cerca, a los amigos de la infancia, estar en las fechas importantes, sentirme 100% en mi hogar (que tampoco es la Venezuela actual). Extraño la playa, la naturaleza”.

Y como, Carla hay otros.

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William, 26. Publicista y Lic. en Gestión de Medios y Entretenimiento.

Eduardo tiene 24 y estudia. William – 26 – es publicista y Licenciado en Gestión de medios y Entretenimiento. El primero eligió desembarcar en la Argentina por “la facilidad de estar legal” y por los estudios, pero no cree que la situación vaya a cambiar: “Por lo menos no dentro de un largo tiempo”. No es el único que piensa así: “Sí pienso volver, pero sé que será a largo plazo. Por ahora y mientras no exista un cambio político, económico y social no creo que regrese”, opinó William. Él, por su parte, creó un canal en Youtube, Venezolanos Por El Mundo, donde la idea es conectar a todos los “panas” que se fueron de sus países, sin importar cuál haya sido la razón. “Me fui hace 6 años. Fue muy fuerte dejar mi tierra, mi familia, mi gente, mis amigos… No es fácil llegar y construir una vida nueva de cero”.

¿Cuál es mi casa? ¿Dónde estás vos? ¿Mi familia, amigos?

Pero además, duele sentir que pocos están haciendo algo al respecto. “Nadie hace nada por nosotros, ni otros países ni las organizaciones internacionales. No entiendo por qué; me enoja”, opina Carla, con un tono de voz suave, aunque sus ojos me lo están gritando. Quizás es miedo: sabe que por eso nadie puede hacer algo, pero al no estar ahí, es difícil asumir.

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Eduardo, 24. Estudiante.

“Venezuela tiene que ser ejemplo para el mundo de lo que un ideal mal intencionado y la corrupción pueden hacerle a un país y a una sociedad. Cuando el cambio llegue, el reto será mayor; reconstruir un país entero desde las ruinas. ¡Pero lo lograremos!”; yo no lo conocí a William, pero incluso siento el peso sus palabras solo a través de mi lectura virtual. Atraviesan la pantalla, porque más allá de que nadie puede predecir qué va a pasar, ni cuánto tiempo va llevar que todo se encauce, la esperanza encuentra los huecos para respirar y mantenerse viva. Aunque cueste.

Especialmente si ese lugar fue o es, justamente, casa.  “Sí, pienso que va a cambiar en algún momento de la historia, y quiero creer que no falta tanto para eso”, dice Carla.

¿Cuál es mi casa? ¿La de hoy va a ser la misma que la de mañana? ¿Solo las protege el recuerdo?

Tal vez somos todos nómades que vamos recorriendo el mundo, la vida, tratando de encontrar casas momentáneas. Porque las personas que nos rodean cambian también; salimos de una familia y después, quizás, vamos a ser la semilla de otra.

Quizás es mejor así, por las dudas.

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